Economia y Politica

Cumplidos 78 de 100 compromisos, afirma AMLO y celebran sus seguidores

1 de julio 2019.- La lluvia no cumplió su amenaza y, como si se hubiera programado, unos delgados rayos de sol se posaron sobre la plancha del Zócalo capitalino justo cuando se anunció el arribo del presidente Andrés Manuel López Obrador; los paraguas e impermeables se plegaron, todavía con las gotas de una precipitación que se presentó durante unos minutos.

A esa hora la plancha del Zócalo y las calles que confluyen lucían repletas de personas que llegaron en autobuses desde todos los estados del país, con la ya conocida práctica de congregarse en puntos cercanos y entrar con las consignas en boca y banderines en las manos.

Muchos portaban gorras blancas impresas con el logo de la administración del Gobierno de la Ciudad de México, a cargo de Claudia Sheinbaum quien arribó al templete más de una hora antes del mensaje oficial, a diferencia de la presidenta del partido en el poder y con mayoría legislativa en el Congreso, Yeidckol Polevnsky, quien se perdió media hora de informe.

Entre las miles de personas reunidas salieron a relucir las botargas, los globos, las máscaras y cientos de artículos alusivos a López Obrador, en lo que fue una fiesta para los seguidores del Presidente de México, quien ganó hace un año con más de 30 millones de votos la elección presidencial, y se convirtió en el Jefe de Estado más votado en la historia reciente del país.

Niños, jóvenes y adultos desfilaron sobre las calles Francisco I. Madero, 20 de Noviembre y 5 de Mayo. A su paso adquirían tazas, gorras, playeras, sombrillas y hasta “pejesitos de peluche”, para después bailar al ritmo de Margarita “La Diosa de la Cumbia”.

Un par de horas más tarde quien se ganó los aplausos de muchos simpatizantes fue el señor Rafael Garrido Cruz. Él logró burlar la seguridad y brincar las vallas para encontrarse con López Obrador cuando apenas había salido de Palacio Nacional y dirigirse al templete.

El señor, de 76 años de edad y de 1.50 de estatura, es originario de Zacatlán de las Manzanas, Puebla, y llegó hasta el Centro Histórico de la capital mexicana para solicitar apoyo del Ejecutivo Federal a un problema que desde hace más de tres décadas padece en aquel estado.

“Tengo unos problemas que él los va resolver. El gobierno del estado de Puebla, (en particular) Guillermo Jiménez Morales, me está persiguiendo desde hace 38 años porque me quitaron una escuela», declaró después de ese momento histórico para él.

Ya en pleno discurso del Presidente de México ratificó la cancelación del aeropuerto de Texcoco y el inicio de las obras del de Santa Lucía, que se ha retrasado ante la oleada de amparos que han interpuesto, señaló, los adversarios de su administración.

La mayoría seguía palabra por palabra el mensaje del mandatario y lanzaba “¡vivas!” cada vez que daba información sobre cifras y logros a siete meses de haber recibido la Banda Presidencial, o cuando afirmó que no descansará hasta conocer el paradero de los estudiantes de la normal de Ayotzinapa.

“Se terminó la guerra de extreminio contra la llamada delincuencia organizada”, “el Estado ha dejado de ser el principal violador de derechos humanos”, afirmó el mandatario.

Sonaron por todos los puntos del primer cuadro de la ciudad las declaraciones sobre la protección a 321 periodistas y a 582 defensores de derechos humanos; la liberación de 45 presos políticos; las 145 conferencias de prensa “libres y abiertas para garantizar el derecho del pueblo a la información”, y la gente quería escuchar más.

Mientras López Obrador aseguraba a los asistentes que no luchó para construir una dictadura sino una auténtica democracia, y que hasta la fecha ha cumplido 78 de los 100 compromisos que hizo hace un año en esta plaza, se presentaban discusiones entre hombres de edad avanzada.

“No debería haber acarreados”, decía uno; a lo que otro respondía con ira que todos los presentes estaban convencidos y que habían acudido por cuenta propia.

Una mujer de mediana edad confrontaba a integrantes de un colectivo feminista que gritaba: “¡queremos abrazarte!”, y les cuestionaba: “¿sí escucharon lo que dijo?”, pero estas inconformidades no desinflaban los ánimos y por momentos la voz del jefe del Ejecutivo se perdía y se hacía ininteligible.

Una hora y media después, con un “¡viva México!” y la entonación del Himno Nacional, finalizó el mensaje presidencial.

Llegó la hora para que los invitados especiales, muchos de ellos que no gozan de la simpatía de los asistentes, salieran rápido y rodeados por sus escoltas, como fue el caso del gobernador del Estado de México, Alfredo del Mazo, y el empresario Emilio Azcárraga.

Con paso apurado sorteaban los insultos y se dirigieron hacia 5 de Mayo para abordar sus vehículos.

Tampoco se libró de eso el empresario Carlos Slim, a quien una joven lo acusaba de «monopolista», pero gracias a que salió flanqueado por el subsecretario de Derechos Humanos de la Secretaría de Gobernación, Alejandro Encinas, no tuvo mayor dificultad para abandonar el Zócalo.

La Plaza de la Constitución se fue vaciando poco a poco. Cerca de las 21:00 horas sólo quedaban los técnicos que desmotaban el escenario y las estructuras del audio, así como los trabajadores de limpia.

Mientras, señoras de la tercera edad preguntaban a un joven que plegaba las sillas rentadas para el evento: “¿ya no va a haber espectáculo?”, cuando los tráileres se llevaban ya todo el equipo.

Notimex

 

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