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Explican limitaciones de cooperación financiera multilateral en actual crisis económica

31 de agosto de 2020.- De acuerdo con José Antonio Ocampo la crisis económica en curso será recordada, no solo por ser la peor desde la Gran Depresión y porque las políticas internas adoptadas por los países desarrollados han sido ambiciosas, sino también por la limitada cooperación financiera multilateral acordada, publica la Revista de la CEPAL N° 131 de agosto de 2020.

José Antonio Ocampo es Profesor de la Escuela de Asuntos Internacionales y Públicos de la Universidad de Columbia (Estados Unidos). Fue Secretario General Adjunto de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas, Secretario Ejecutivo de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y Ministro de Hacienda de Colombia.

Lo arriba expuesto es cierto, en particular, respecto de las medidas para apoyar a las economías de renta media. Las acciones en favor de los países de más bajos ingresos han sido más importantes, pero también insuficientes. Ciertamente, la acción multilateral ha estado muy lejos del compromiso de hacer lo que fuera necesario, que asumieron los Líderes del G20 a fines de marzo de 2020.

En materia de cooperación monetaria internacional, lo más frustrante ha sido el rechazo a la emisión de DEG del FMI, la falta de una decisión e incluso de propuestas para avanzar hacia el aumento de cuotas del FMI, la ausencia de medidas colectivas para hacer frente a la fuga de capitales de las economías emergentes y frenar la rebaja de las calificaciones de riesgo de las agencias calificadoras. Los países latinoamericanos se han beneficiado de las líneas de emergencia del FMI, aunque con recursos modestos, así como del acceso a líneas de crédito flexible (en el caso de cuatro países), y pueden acudir a otros instrumentos de ese organismo si así lo desean. Los ocho países miembros del FLAR tienen también la posibilidad de acceder al apoyo de este organismo regional, pero sería conveniente autorizar, al menos temporalmente, que los fondos se puedan usar con propósitos fiscales. La crisis debe dar lugar también a una iniciativa para ampliar el número de miembros de este organismo regional.

En materia de deuda externa, lo conveniente es un enfoque diverso que apoye reestructuraciones ambiciosas de la deuda externa de los países que las necesiten (la Argentina y el Ecuador) y la creación de un mecanismo voluntario y supervisado multilateralmente para la suspensión del servicio de la deuda de las economías que lo requieran. Por otra parte, la recuperación temprana del mercado de deuda de las economías emergentes desde mediados de abril es una buena noticia y ha permitido a varios países y empresas públicas el acceso a financiamiento privado, así como a la CAF y al BCIE.

Cabe agregar que, más allá de las medidas de corto plazo, es esencial poner nuevamente sobre la mesa la necesidad de negociar la creación de un mecanismo institucional para la renegociación de las deudas soberanas.

Los bancos multilaterales de desarrollo han creado varias líneas de emergencia para enfrentar la crisis, han agilizado sus procedimientos y varios de ellos han permitido recanalizar algunos créditos ya aprobados para hacer frente a las emergencias sanitaria, social y económica generadas por la pandemia de coronavirus. En el caso de América Latina, lo más destacable es la dinámica del BCIE, apoyada por una capitalización reciente. El Banco Mundial también ha aumentado sus créditos a la región, aunque permanecen por debajo de los que esta institución financió durante la crisis previa. Los dos principales bancos multilaterales para la región, el BID y la CAF, también han tomado medidas importantes, pero se encuentran en su límite de capacidad crediticia y necesitan ser capitalizados para apoyar en forma más firme a los países de la región durante la crisis. Como un todo, en términos de recursos, los apoyos de los bancos multilaterales a los países latinoamericanos programados son hasta ahora insuficientes.

Cabe recordar, finalmente, que los problemas económicos de un conjunto amplio de países latinoamericanos ya eran agudos durante el lustro previo a la crisis actual, y que el lento crecimiento durante esos años frenó y revirtió, en parte, la mejora en los indicadores sociales que se había experimentado desde comienzos del siglo. El crecimiento económico de la región ha sido, además, lento en las tres últimas décadas, y la región sigue estando caracterizada por múltiples problemas sociales, entre ellos tener una de las peores distribuciones del ingreso del mundo. La crisis dejará, además, un legado adverso en materia de crecimiento de la economía y el comercio mundiales y menos oportunidades para los migrantes latinoamericanos, entre otros efectos negativos.

Por lo tanto, más allá de la crisis, es necesario reformular la estrategia de desarrollo de la región, algunos de cuyos elementos deben ser el decidido impulso al desarrollo científico y tecnológico, la reindustrialización, un apoyo firme y despolitizado a la integración regional, un sólido compromiso respecto de la reducción de la desigualdad y una importante contribución a los esfuerzos mundiales de lucha contra el cambio climático y la protección de la biodiversidad. En todos estos temas, que exceden los objetivos de este análisis, el apoyo del sistema de bancos de desarrollo será también crítico.

 

Reportacero

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