Colaborador Invitado

Incentivos a la ilegalidad

Por Octavio Alonso

El comportamiento humano es complejo, tan complejo como la variedad de seres humanos, aunque hay ciertas pautas que podemos identificar, tales como la respuesta que tenemos a estímulos y castigos y cómo buscamos satisfacer nuestras necesidades, desde las fisiológicas hasta las de realización según Maslow.

A través de los siglos el hombre ha buscado la forma de hacer lo que hace de una forma más fácil y económica, podríamos decir que es comodino pero inteligente, por ejemplo, el que inventó la rueda de seguro tuvo como aliciente el evitar la fatiga de llevar la carga sobre su lomo.

El hombre toma riesgos en las actividades que desarrolla, generalmente mide la relación entre riesgo y beneficio, consciente o inconscientemente,  lo anterior de acuerdo a la necesidad que requiere satisfacer con la actividad a desarrollar.

Si la necesidad que busca satisfacer es la básica de alimentación, para lograrlo toma riesgos en relación al beneficio que intenta obtener y al riesgo que resultaría el no obtenerlo. Si se está en una situación en que su vida peligra de no lograrlo, la ilegalidad puede ser un medio para obtenerla, esto influenciado en gran medida por el riesgo que perciba de realizar tal acto.

Si en la experiencia de quienes han realizado actos ilegales, no se percibe un gran riesgo, es más probable que la ilegalidad sea el camino a elegir. En cambio, si se ha visto que quienes han realizado tales actos ilegales han sido duramente castigados o no han tenido éxito, la forma de conseguir su alimentación tenderá a ser diferente, digamos más pacífica o legal.

Hay otras necesidades que al cubrirlas producen grandes satisfacciones, esto dependiendo en gran medida de la escala de valores del individuo y de la aceptación o rechazo que de no satisfacerlas obtiene del medio social y familiar en que se desenvuelve. Dichas satisfacciones también son para satisfacer necesidades, no las básicas, pero sí muy importantes para el bienestar mental de muchas personas.

Al igual que las necesidades básicas, el tipo de acción a realizar para satisfacerlas éstas últimas necesidades mencionadas,  se rige en gran medida en función de los resultados que otras personas han tenido, tales como castigos o fracasos en actos ilegales, violentos o amorales. Muchos de estos castigos son infligidos por la desaprobación  social, más que por castigos de la autoridad, y  su efectividad depende en gran medida de la vergüenza que tenga el actor ante tal rechazo social. Recuerdo el término sinvergüenza, aplicado por mis ancestros a quien realizaba actos vergonzosos, pero que no le afectaban al actor con tal de lograr su propósito. Peor aún,  ahora vemos actos que antes eran vergonzosos para la sociedad en general, pero que ahora son motivo de orgullo, o al menos, ya no son motivo de estigma para el que los comete. Hemos perdido algo de vergüenza y volteado la escala de valores.

En el campo del emprendedor, o sea, de aquella persona que en la vida económica es un creador de ideas, de formas de trabajo, de empresas, de empleos, etc., nos encontramos con gente audaz y arriesgada, que va más allá en sus aspiraciones y metas, que se adapta a las circunstancias con tal de obtener su objetivo. En este campo, en nuestro México, el aspecto fiscal y normativo representa un auténtico dolor de cabeza para nuestros emprendedores, tanto para aquellos que tuvieron éxito como para aquellos que fracasaron en el intento.

El emprendedor busca satisfacer además de sus necesidades primarias, una necesidad mayor, que generalmente es la que lo hace moverse y luchar con tesón y denuedo. Esa necesidad es el motor del emprendedor, la necesidad de utilizar al máximo sus capacidades, de realizarse, de trascender.

El emprendedor en ocasiones se enfrenta a competencia desleal de aquellos que en su mismo campo de acción no cumplen con la normativa fiscal, con la normativa de seguridad social, con la normativa ambiental, etc.

El emprendedor también se enfrenta a normatividad imprecisa, complicada y onerosa en su cumplimiento y control, que en ocasiones resulta en un pasivo contingente por estar a merced de dichas imprecisiones y complicaciones normativas, ya que difícilmente es posible cumplirlas sin errores.

Todo lo anterior ocasiona la tentación de que con la finalidad de cumplir el objetivo buscado, se eluda o evada el cumplimiento de la normatividad, siendo esto parte de los riesgos que gran cantidad de emprendedores mexicanos corren a diario, el tamaño de la economía informal nos lo confirma.

¿Cuál es el premio o el castigo por cumplir o no cumplir?, ¿Existen premios económicos importantes e impunidad en los castigos?

El dar incentivos a la formalidad es un objetivo que se está buscando por parte de la Autoridad. Dichos incentivos deben de ir también enfocados a disminuir el premio o incentivo de no cumplir, por ejemplo, dentro de una empresa cuánto significa el no elaborar una factura, cobrarla en efectivo y llevarlo directamente a la bolsa. Podemos decir que el cliente se ahorra el Impuesto al Valor Agregado. Para todos nos es muy conocido el “con factura” o “sin factura”. El vendedor se ahorra el Impuesto Sobre la Renta, así como dependiendo el caso, la Participación del Trabajador en las Utilidades, el Impuesto sobre dividendos, los accesorios del salario, etc. etc., pudiendo llegar a decirse que el cliente realizó la adquisición por el descuento del 16%, y que el vendedor obtuvo ahorros cercanos al 40%.

¿No les parece muy grande el incentivo a no facturar?  Si el premio de no facturar es grande, y la posibilidad de castigo es baja, ya estamos en un problema. ¿Qué pasaría si el premio de no facturar fuera menor y el castigo tuviese mayor posibilidad de cumplirse?

No tengo la bolita mágica para dar la fórmula que solucione esta problemática, pero el tener un análisis de incentivos y castigos ya es un punto de partida importantísimo.

No tengo la bolita mágica pero sí puede hacer una propuesta, la cual inicia quitándonos de la cabeza lo conocido y partir del análisis “base cero”.

La propuesta concreta que presento es el contar solamente con un impuesto al sobre el valor de la venta, que no sea acreditable contra el que se paga en la compra, tal cual es el IVA, sino que sea solo un porcentaje de la venta, como era anteriormente el Impuesto Sobre Ingresos Mercantiles.  Sería un impuesto que eliminaría al Impuesto Sobre la Renta y al Impuesto al Valor Agregado. Lo anterior tiene seguramente sus problemas,  pero problemas y costos administrativos menores a los que el sistema actual tiene, tanto para quien cobra los impuestos como para quien los paga.

El impuesto sugerido es sencillo de calcular, de manejarlo sin errores, representa poco incentivo a la evasión, es similar a las adecuaciones que se hicieron al Régimen de Incorporación en el Diario Oficial de la Federación del 10 de Septiembre del presente año, donde se fijaron porcentajes de impuesto sobre el importe de las ventas en vez del Impuesto al Valor Agregado. Representa esta propuesta una certeza jurídica mayor para el contribuyente, una dependencia sustancialmente menor de sistemas y asesores,  una posibilidad de evasión y elusión prácticamente de cero. Se podría llegar a simplificar su cobro haciendo que en el momento de depositar el importe de las ventas, la misma institución financiera hiciera la retención y pago definitivo.

Para problemas inimaginables, soluciones imaginativas.

C.P. Octavio José Alonso Urrutia

[email protected]

Diciembre 3 de 2014

 

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