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Código de red: de la obligación al valor estratégico 

Empresas medianas y hasta jugadores que antes ignoraban el tema comenzaron a verlo como requisito práctico para ser competitivos, pero ahora, cumplir dejó de ser un lujo para convertirse en necesidad 

Desde que se publicó en 2016, el Código de Red se convirtió en una referencia inevitable para la operación del sistema eléctrico en México, señala en entrevista Luis J. Ramón, director general de Diram.

“Pero lo interesante no ha sido su contenido técnico, sino la forma en que las empresas lo han ido aceptando. Su adopción no ha seguido una línea recta: ha tenido olas, pausas y repuntes, dependiendo más de los cambios políticos y económicos del País que de la lógica regulatoria”, refiere Ramón.

La primera ola, entre 2018 y 2019, estuvo marcada, comenta, por el entusiasmo de los grandes corporativos nacionales e internacionales. Para ellos, acostumbrados a navegar estándares regulatorios en múltiples países, el Código fue casi un trámite natural. Lo adoptaron como parte de su cultura de cumplimiento.

“La segunda ola llegó con el llamado ‘Código de Red 2.0’, justo cuando surgió la incertidumbre por la iniciativa de reforma a la Ley de la Industria Eléctrica y las propuestas de debilitar a los órganos reguladores. En ese ambiente, muchas empresas prefirieron esperar”, apunta el directivo.

Luis J. Ramón, director general de Diram

“Aun así, el Cenace dio un paso clave: exigir el cumplimiento como condición para autorizar nuevos contratos de conexión. Esa medida empezó a marcar la diferencia. El fenómeno del nearshoring también empujó el tema, aunque la limitada capacidad de la red nacional frenó lo que pudo ser un verdadero auge”.

La tercera ola es la que se vive hoy, destaca el director general de Diram. 

“La chispa la encendieron dos factores: los cambios tarifarios en el factor de potencia mínimo, que afectaron directamente los recibos de electricidad, y la nueva Ley del Sector Eléctrico, que elevó la percepción de riesgo regulatorio. De repente, empresas medianas y hasta jugadores que antes ignoraban el tema comenzaron a verlo como requisito práctico para ser competitivos. Cumplir dejó de ser un lujo para convertirse en necesidad”.

“Se suele preguntar si existen penalizaciones. La respuesta es que las multas no han sido el principal motor. El verdadero costo de incumplir es quedarse fuera. Sin cumplir, el Cenace no autoriza nuevas conexiones. Más que castigo, el Código se volvió un filtro”. 

Pero el fondo del asunto no está en las sanciones. La importancia del Código radica en equilibrar la confiabilidad del sistema con la eficiencia económica. Si se apuesta solo por el costo inmediato, el País corre el riesgo de tener una red frágil. 

Si se exagera en la seguridad, comenta el exoerto, el sistema puede ser tan robusto como incosteable. El Código ordena esas prioridades y marca un camino de equilibrio: energía confiable y competitiva a la vez.

La mayoría de países sudamericanos cuentan ya con un Código de Red. Y si bien en Estados Unidos no existe uno único, todas las utilities tienen el propio y cada vez lo hacen cumplir con más rigor.

“Y hay un ángulo más: el Código no es solo un marco regulatorio, puede convertirse en motor de crecimiento industrial. China lo entendió bien. En 1990 impuso obligaciones similares y de ahí nació una industria gigantesca de electrónica de potencia que hoy exporta al mundo entero”, abunda Ramón.-

“Además, cumplir no solo evita riesgos, también genera valor. Existen casos que lo demuestran. Una siderúrgica que instaló un STATCOM de 320 MVAr no solo cumplió, también incrementó su productividad en acero en 7 por ciento”. 

Refiere el caso de una armadora automotriz estadounidense que logró estabilizar su operación y dejó de sufrir paros de producción, recuperando la inversión en menos de año y medio. 

En minería, una compañía diseñó su proyecto para financiarlo únicamente con los ahorros en sus recibos: durante tres años el sistema se paga solo y, a partir de ahí, todo es beneficio neto.

“Son ejemplos que muestran que cumplir no significa gastar por obligación, sino invertir con inteligencia”, detalla el especialista.

“En Diram lo hemos visto de primera mano: solo con los contratos firmados con privados hemos aportado a la red una cantidad de potencia reactiva equivalente a lo que CFE ha instalado en 6 años. Esa cifra revela que el sector privado no solo responde a la norma, sino que puede impulsar la transformación energética del País”.

En México, una política coherente de cumplimiento podría detonar capacidades tecnológicas, generar empleos especializados y reducir nuestra dependencia de proveedores extranjeros.

“Hoy más que nunca, cumplir con el Código de Red no es una opción: es la diferencia entre rezagarse en la incertidumbre o convertirlo en palanca de competitividad, innovación y crecimiento para todo el País”, concluye el director general de Diram.

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