Colaborador Invitado

Damos la bienvenida a la generación de cristal

Empresas competitivas sacrificaron su activo más valioso, los jóvenes.

REFLEJO INTERIOR

Hiram Peón Lara

Es muy difícil ser cronista, llevar un orden de los hechos relevantes de un tema en particular, es muy difícil.

Por eso expreso mi respeto para Don José P. Saldaña, primer cronista de la ciudad de Monterrey y acucioso periodista e investigador. Tuve el privilegio de saludarlo y verlo llegar cada día a su oficina, en las instalaciones del Centro Patronal de Nuevo León, durante los años que trabajé ahí. Mi oficina estaba enfrente de la suya.

Llevar un orden, investigar, conservar la información, relacionarla con inteligencia y discernimiento. Tarea mucho muy difícil, se requiere un tipo especial de espíritu.

Por eso es más fácil registrar los resultados y solo juzgar, en la medida de lo posible, los hechos. Sobre todo, cuando se trata de las empresas o el emprendimiento empresarial.

Han ocurrido muchas cosas en el entramado social de las empresas, hechos muy difíciles de explicar, revisar, registrar o simplemente conocer. Por una simple razón. La libertad.

Nada quiero decir como para que cualquier persona pueda interpretarlo como una medida para restringir la libertad de las empresas, las personas, las instituciones, las ideas.

Pero los resultados del trabajo de las empresas no solo se ven en el crecimiento, en el desarrollo de las ciudades, en la generación de riqueza. Los resultados de las empresas se ven también en el carácter de la ciudad, en su personalidad, en la manera como tratan, empresas y comunidad, a los menos favorecidos, a los jóvenes, a las mujeres.

Conocí muchas personas, durante mis primeros años de trabajo en Monterrey, que se sentían orgullosas de trabajar o pertenecer a esta o aquella empresa. Se les veía en el rostro este talante.

En estos años, la década de los ochenta, existía en el ambiente, en la ciudad, la creencia de que, si lograbas entrar a Alfa, Vitro, Visa, Cervecería, Cydsa, Conductores, Focos, Hylsa, Protexa, El Norte, Cementos, Maseca, Metalsa, Cigarrera, Gentor, Gruma, Ladrillera, El ITESM, Senda, entre otras.

Si lograbas egresar de la universidad y te contratabas con alguna de estas empresas, podías trabajar ahí 35 años y jubilarte con casa propia y un patrimonio modesto que permitía que tus hijos pudieran viajar al extranjero y tener un futuro promisorio.

Cuarenta años después ese sueño no existe más en Monterrey. El sueño esta más roto que un cristal quebrado.

Y aquí es donde me pregunto ¿Qué pasó? ¿Cómo fue que decidimos los regiomontanos que no valía la pena pelear por asegurar el futuro de los jóvenes?

No existen crónicas para revisar los haceres de esas empresas, para tratar de encontrar cuando fue, en qué momento pasó, encontrar el punto de inflexión en el que los “expertos” en recursos humanos despreciaron a sus empleados y a sus trabajadores.

La realidad es que se dejó de cultivar el apego a la camiseta, se empezó a permitir el ingreso de mandos intermedios y gerenciales sin sensibilidad humana. Se tomaron decisiones con mirada competitiva, utilitaria en lugar de la cálida mirada humana.

Se empezó a considerar a las personas como un riesgo que la empresa no podía permitir, y así se despidieron ejecutivos que mostraban signos de enfermedades degenerativas como la artritis o la diabetes, porque eran un riesgo, aunque la enfermedad la hubieran desarrollado en la empresa.

Pero sabe algo, no era la empresa, eran las personas de recursos humanos. Esos que también despidieron a sus mismos gerentes de RH que se encargaban de “adelgazar” a los corporativos. Los mismos que se encargaban de cumplir con los recortes anuales del 10 por ciento que les exigían los “dioses del olimpo” que habitaban en el área de planeación financiera.

Bueno, de todo eso no hay crónicas. En ninguno de los reportes anuales de esas empresas encontrará usted un registro que diga “Recursos Humanos, dirigido por el Lic. Treviño, o el Lic. Guzmán, recomendó reducir la plantilla laboral en un diez por ciento”.

Pero sabe qué, eso no importa. Lo que importa es que no supieron, o no quisieron, explicar a la sociedad porque hicieron eso. Ni a los trabajadores o a los ejecutivos. Los sindicatos, me apena decirlo, jugaron su papel y fueron cómplices o demasiado ingenuos.

Ahora se quejan de que los jóvenes pertenecen a una generación de cristal que no tolera la presión ni el estrés del trabajo y pueden incluso renunciar a un puesto porque en otra empresa le ofrecen un estacionamiento techado. No se quejen, están cosechando lo que sembraron.  Continuaremos con el tema.

Mantengamos viva la esperanza. Mantengamos la fe. Hasta la próxima.

El autor es experto en comunicación corporativa y situaciones de crisis. Cuenta con un MBA del ITESM

Contacto:

Mail: hirampeon@gmail.com

Twitter: @Hirampeon

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