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Los pasos por dar tras las reformas

30 de sept. 2014.- Las reformas estructurales han cambiado el marco institucional pero no las instituciones. Tampoco han modificado la conducta, visión y cultura de los agentes que se encargan de operar la estrategia en el sector público federal mexicano. Un camino aún más largo es el que debe recorrerse para que ello llegue a nivel estatal y municipal.

Algo similar ocurre para la sociedad y el sector privado mexicano. Las modificaciones constitucionales y de leyes secundarias arriban a un país con una marcada heterogeneidad social y productiva, el resultado lógico de casi cuatro décadas de bajo crecimiento económico y crisis recurrentes.

En un país de alta desigualdad, no puede esperarse que las leyes y reglamentos aprobados tengan un impacto homogéneo si no se implementan políticas públicas secundarias, las cuales generen un cambio en la visión de la administración pública así como nuevas instituciones.

Lo anterior también es válido en el sector productivo, basta recordar que se tiene una mayoría de empresas pequeñas, con serias dificultades para sobrevivir y ser productivas. Evidentemente se encuentran fuera de los procesos de innovación y desarrollo tecnológico. En el otro extremo existe una minoría de grandes empresas mexicanas altamente productivas, pero que enfrentan una competencia desigual frente a trasnacionales con una gran capacidad financiera y en algunos casos  fuertemente apoyadas por sus gobiernos e instituciones. El soporte que Estados Unidos, China, Japón, Corea del Sur y la Unión Europea dan a sus empresas tiene diversas vertientes: subsidios, manipulación del tipo de cambio, proteccionismo y todo un marco de innovación que propicia una fuerte sinergia entre el sector público y privado, todo ello con el objetivo de garantizar el mayor éxito posible en el comercio y mercados financieros internacionales.

Los países desarrollados y economías emergentes más exitosas tienes instituciones enfocadas a garantizar la vinculación entre el sector público y privado, en donde la innovación forma parte de la cultura y visión de sus sociedades. La calidad de la educación y su aterrizaje a las actividades empresariales garantizan la sistematización de procesos productivos altamente competitivos.

En México no existe una interrelación institucional que tenga la misma profundidad estructural. El país cuenta con algunas instituciones, empresas y universidades sólidas, con las que se puede construir la base de un mayor crecimiento y desarrollo económico. No obstante no son suficientes, su número es reducido para los requerimientos sociales y productivos de un país con 60 millones de personas en pobreza por ingreso y con un mercado laboral altamente precarizado: 58% de las personas ocupadas se encuentran vinculadas con la informalidad.

La transformación de esa realidad es el mayor desafío que enfrentan las reformas, si no hay un impacto positivo, que reduzca las brechas existentes, y que lo haga en un entorno de mayor acumulación de riqueza para toda la sociedad, difícilmente se podrá justificar su existencia.

El estado actual de la economía mexicana es el resultado de un proceso histórico, uno que las reformas buscan modificar. No se puede pensar que los cambios instrumentados garanticen la transformación del país si no se propicia la construcción y reconstrucción de las instituciones. Las inercias son muy grandes.

Los mecanismos e incentivos existentes no necesariamente están alineados para obtener resultados de manera eficaz y rápida.

No puede olvidarse que la competencia global avanza con un ímpetu que solo puede mantenerse con estructuras productivas alineadas para ello. Los países desarrollados y las economías emergentes líderes cuentan con bases sólidas para competir, no solo hicieron cambios en materia legal para ello, también se ocuparon de vincular y promover el desarrollo de las empresas, universidades y organismos públicos que hoy son el fundamento de su éxito. Además lo hicieron con una visión holística, que integró y alineó los esfuerzos para hacerlos funcionar en una economía de mercado global, pero en donde además se atendió el fortalecimiento de su mercado interno.

El mercado laboral fue uno de los mecanismos en donde se centró la atención: la productividad laboral solo puede incrementarse en países con sistemas educativos de calidad en todos sus estratos, pero en donde el énfasis se acentúa en los niveles técnicos, profesionales y de posgrado. Es la única manera de garantizar una cultura innovadora, que además entienda la importancia y utilice adecuadamente el progreso tecnológico. En dichas sociedades la innovación es parte no solo de la cultura empresarial, también lo es de la gestión pública, de otra manera esta sería un lastre para el desarrollo.

Además tienen muy claro que no se puede defender el empleo no calificado y las empresas de bajo valor agregado, el embate de economías como la china y de otros países asiáticos, así como su tamaño demográfico, hace imposible pensar en que los bajos costos laborales y el empleo intensivo en mano de obra serán sustentables en países como México.

Las naciones que ejercen el liderazgo económico dedican una parte sustancial de la investigación a la solución de sus problemas productivos, ello es la mejor manera de evitar futuras cargas para el presupuesto público en materia de desarrollo social: su economía avanza y distribuye mejor la riqueza a trabajadores y empleados mejor educados y capacitados. Además, la vinculación entre la innovación y las empresas no discrimina, se han generado vínculos sin importar el tamaño de las mismas.

A diferencia de México, la pequeña y mediana empresa de los países desarrollados y economías emergentes más exitosas participa en la innovación porque surgió de necesidades diferentes, no para sobrevivir a las crisis, sino para garantizar la movilidad social de quienes estudiaron y están en capacidad de proponer nuevos avances tecnológicos y de procesos. Evidentemente que la incubación de estas empresas requiere de financiamiento y centros de transferencia de la innovación que permitan el acceso a todas las empresas. Eso se encuentra ausente en la estrategia de México, pero se debe construir.

El reto para México es mantener el ritmo del proceso innovador global al mismo tiempo que reconfigura su sistema productivo y social para liberarse de las ataduras que han limitado su crecimiento económico y profundizado la pobreza. De no elaborarse una estrategia adecuada se corre el riesgo de que en veinte años ocurra algo similar a lo suscitado con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN): hay algunos casos exitosos, como el sector automotriz, pero que son insuficientes para dar los resultados que se supone se alcanzarían tras su firma y puesta en operación.

La debilidad del TLCAN radica en que México no cimentó las bases productivas e innovadoras para pasar de un comercio basado en la maquila a uno de mayor valor agregado y contenido nacional. Para ello se requiere innovar, de infraestructura física y capital humano que tengan éxito en el mercado, no solamente a nivel científico.

 

México entra al 2015 con mejores oportunidades que las de Argentina o Brasil en América Latina. La perspectiva de las tres economías más grandes de la región es distinta. Sin embargo, para aprovechar la oportunidad de transformar a México se debe reconfigurar a las instituciones y cambiar la cultura de la sociedad. Es prioritario entender que solamente la acción coordinada del sector público y privado, orientada a la innovación y con objetivos de desarrollo económico y social, será capaz de generar un futuro más promisorio para México.

Fuente: IDIC

http://idic.mx/2014/09/29/los-pasos-por-dar/



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