Colaborador Invitado

Inflación pandémica

Por Dr. Ernesto Sepúlveda

Cuando el Fed anunció una sorpresiva disminución de su tasa de referencia en marzo de 2020, ante la severa amenaza que la pandemia del Covid-19 representaba para la economía, los mercados financieros internacionales registraron un episodio de volatilidad no visto desde el Taper Tantrum de 2013.

La reacción adversa respondía al temor de que la economía mundial sufriera la peor recesión desde la Gran Depresión.

En México, mientras que la actividad económica se contraía gravemente, por las recién impuestas restricciones a la movilidad –tanto en el Estados Unidos como en México–, las tasas de interés de largo plazo alcanzaban máximos históricos y el tipo de cambio rebasaba los 25 pesos por dólar. Las autoridades financieras del país identificaron rápidamente tres choques adversos que –simultáneamente– afectaban a la economía nacional.

El primero se le identificó como un choque de oferta. Por la naturaleza misma de la pandemia, y las medidas de confinamiento aplicadas, la producción de bienes y servicios necesariamente se vería disminuida.

En una economía mundial tan integrada, las restricciones a la movilidad necesariamente ocasionarían una disrupción en las cadenas globales de producción.

Estas a su vez tendrían consecuencias en los precios, incluso en lugares donde no se había implementado limitación alguna de distanciamiento.

Todo lo demás igual, por esta razón habría un aumento de precios cuya magnitud y duración era desconocido. Sin embargo, no había razones para esperar que los incrementos fueran generalizados.

Como rápidamente lo comprobamos, los precios de las mercancías, primero las alimenticias y luego las no alimenticias, fueron los que más reaccionaron.

El segundo choque anticipado era uno de demanda. Las restricciones a la movilidad necesariamente ocasionarían una caída en la demanda de bienes y servicios que se consumen in situ. Casi instantáneamente, una gran cantidad de servicios que se ofrecen de manera presencial sufrieron las mayores caídas registradas en la historia. Los servicios de transporte (aéreo y terrestre), alojamiento temporal y de preparación de alimentos, así como los de recreación y esparcimiento, fueron de los más afectados.

Asimismo, el cierre de empresas que proveían estos y otros servicios, y la pérdida subsecuente de los puestos de trabajo, también produjeron un deterioro en las perspectivas de ingreso que también deprimió la demanda. Los precios de los servicios en general cayeron, actuando como contrapeso del aumento en los precios de las mercancías.

El tercer choque, que al principio de la pandemia fue mucho más intenso, fue el financiero.

La perspectiva de una recesión global sin precedente, el desconocimiento de las características de los estímulos económicos y financieros, así como la ignorancia que había sobre la enfermedad, su tratamiento y el desarrollo de las vacunas hicieron perder la brújula a los mercados financieros.

Ante la sacudida, las economías emergentes vieron severamente desvalorizados sus activos incluyendo, naturalmente, sus monedas.

En México, nos preguntábamos si la fuerte depreciación del peso registrada implicaría un nuevo piso que se traduciría en presiones inflacionarias duraderas.

De extenderse por demasiado tiempo, las tensiones financieras amenazaban también con descarrilar la producción y exacerbar la recesión.

La suma de los tres choques hacía suponer, al principio de la crisis sanitaria, que la economía nacional necesariamente sufriría una severa recesión, pero el balance de riesgos para la inflación era incierto. Sin duda, habría efectos recesivos que bajarían la inflación, pero también había factores que operarían en sentido contrario.

A posteriori, sabemos que la inflación general cayó en un principio, luego aumentó transitoriamente, para cerrar el año pasado en un nivel no muy lejano de la meta puntual del 3%, sin embargo, tan pronto como inicio el 2021, la dinámica inflacionaria en el mundo y en México comenzó a cambiar.

La gran mejora en las expectativas de crecimiento mundial asociadas tanto al avance en los programas de vacunación como a los estímulos fiscales y monetarios sin precedente, especialmente en la economía estadounidense, así como cuellos de botella en diversos procesos productivos, se han traducido en un repunte mundial de la inflación.

En México, los incrementos han sido mayores a los anticipados y la inflación actualmente se mantiene a más del doble de la meta.

Más preocupante aún ha sido el comportamiento de la inflación subyacente –aquella que excluye los precios de los bienes más volátiles, como los energéticos y agropecuarios–, que luego de poner resistencia a disminuir desde 2018, ahora ha comenzado a aumentar.

Si bien todavía se espera que estas presiones inflacionarias sean transitorias, los riesgos de que contaminen las expectativas de inflación se han incrementado.

La inflación, pandémica o no, disminuye el poder adquisitivo de la población y debe ser mantenida bajo control. La historia nos ha mostrado que con independencia de su origen, si se deja crecer y contaminar el proceso de formación de precios, el sacrificio que se tendrá que hacer en un futuro para regresar al genio su botella necesariamente será mayor.

Ernesto Sepúlveda 1

ernesto_sepulveda@icloud.com

Ernesto Sepúlveda es Investigador Técnico en la Junta de Gobierno del Banco de México. Licenciado en economía (UANL), cuenta con una maestría en economía en el ITAM y un doctorado en economía en la Universidad de Essex en el Reino Unido.

Desde 2005 es miembro del Comité Técnico del Indicador IMEF, el cual preside desde 2017, y también es vicepresidente del Comité Nacional de Estudios Económicos del IMEF.

[1] Las opiniones vertidas son las del autor y no necesariamente representan las de la institución en la que labora.

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