Colaborador Invitado

La otra cara del Mundial 

Antonio Bujdud

La semana pasada viajé a la Ciudad de México por diversas reuniones de trabajo. Generalmente me hospedo en Paseo de la Reforma, una zona que me gusta porque me permite moverme con facilidad por la ciudad. Sin embargo, en esta ocasión tenía un atractivo adicional: el Mundial.

Me tocó estar ahí durante la inauguración. No asistí al estadio, pero sí viví el ambiente en las calles. Eso, en muchos sentidos, resulta más revelador. Vi turistas recorriendo la ciudad, visitando museos, llenando restaurantes, entrando a comercios y tomándose fotografías en los principales puntos turísticos. Había una sensación de entusiasmo que pocas veces se percibe a esa escala.

Al mismo tiempo, existía una tensión evidente por las protestas de la CNTE. Durante días se especuló sobre lo que podría suceder: ¿afectarían la inauguración?, ¿intentarían llegar al estadio?, ¿estaría en riesgo la seguridad de las autoridades, incluida la presidenta?, ¿colapsaría la movilidad de la ciudad?, ¿tendría el gobierno que recurrir al uso de la fuerza pública?

Más allá de las respuestas, me llamó la atención otra cosa. Muchas de las personas que hoy gobiernan crecieron políticamente defendiendo el derecho a la protesta social. Algunas participaron en movimientos similares; otras son herederas de aquella generación. Gobernar implica enfrentar contradicciones complejas. Defender el derecho a manifestarse y, al mismo tiempo, garantizar el orden público en un evento de alcance mundial no es una tarea sencilla.

Al final, la inauguración se llevó a cabo sin mayores contratiempos. Para mi gusto, estuvo a la altura de cualquier otra ceremonia de apertura y, sobre todo, la ciudad respondió. Los escenarios más pesimistas no ocurrieron. Incluso pude regresar a Monterrey sin problemas, gracias a que no hubo bloqueos en el aeropuerto.

Fue entonces cuando apareció una comparación inevitable. Al llegar a Monterrey, no encontré el mismo ambiente mundialista. No vi calles llenas de visitantes extranjeros ni la actividad que observé en la Ciudad de México. Más allá de una familia sueca que coincidió conmigo en el aeropuerto, la presencia internacional parecía limitada.

La ciudad luce preparada para recibir turistas, pero todavía no termina de sentirse como una sede mundialista. Las obras del Metro están lejos de concluir. Algunas vialidades fueron intervenidas a marchas forzadas y persiste la sensación de que varios trabajos se realizaron para llegar a tiempo a la fotografía, no necesariamente para resolver problemas de fondo.

Recorrí el centro de la ciudad y encontré una escena similar: espacios listos para recibir visitantes, pero todavía con poca actividad. Había personas usando playeras de selecciones extranjeras, aunque la mayoría eran regiomontanos viviendo el Mundial a su manera.

Por supuesto, los calendarios de partidos influyen y es probable que la actividad aumente en los próximos días. Sin embargo, la comparación deja preguntas interesantes. ¿Se prepararon de la misma forma ambas ciudades? ¿La experiencia de un Mundial depende únicamente de la infraestructura? ¿Es una responsabilidad exclusiva del gobierno o también del sector privado, del comercio, del turismo y de la capacidad de una ciudad para apropiarse de un evento de esta magnitud?

Una diferencia notable es que la Ciudad de México multiplicó los espacios para vivir el torneo a través de distintas Fan Zones y actividades distribuidas en varios puntos de la ciudad. En Monterrey, buena parte de la experiencia se concentra en el FIFA Fan Fest de Fundidora. Tengo pensado visitarlo en los próximos días, con la expectativa de encontrar ahí parte de ese ambiente que viví en la CDMX.

Hace algunas semanas escribí que el riesgo no estaba en los estadios ni en lo deportivo. Los estadios han cumplido, la organización ha respondido y, hasta ahora, la Selección Mexicana también ha hecho su parte.

La pregunta sigue siendo la misma: ¿qué experiencia queremos que se lleven millones de visitantes cuando regresen a casa?

Los partidos duran noventa minutos. La imagen de un país puede durar muchos años.

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